¿Es posible vestir con conciencia en un mundo gobernado por el fast fashion? Cada julio, el movimiento Plastic Free July nos invita a repensar el consumo de plástico que tenemos. Muchos cambiamos los popotes de plástico por bambú, las bolsas desechables por tela, pero mientras muchos intentan reducir su consumo de los plásticos de un solo uso, hay un elefante en el armario que seguimos ignorando: la ropa que usamos. Detrás de cada prenda low cost y cada tendencia fugaz, se esconde una historia de contaminación plástica silenciosa.
El fast fashion es mucho más que ropa barata: es un modelo de producción y consumo que prioriza la velocidad y el volumen sobre la calidad y la sostenibilidad. Cada semana, marcas como Shein lanzan miles de nuevos diseños, muchos de ellos elaborados con fibras sintéticas derivadas del petróleo: poliéster, nylon, acrílico. De hecho, más del 60% de la ropa producida globalmente contiene estas fibras plásticas, según la Fundación Ellen MacArthur.
Pero el impacto no termina en la compra, cada vez que lavas una prenda sintética, se liberan microfibras plásticas al agua. Un estudio de 2020 estimó que anualmente se vierten al océano unas 500,000 toneladas de estas microfibras, equivalentes a 50 mil millones de botellas de plástico. Estas partículas, imposibles de filtrar completamente en las plantas de tratamiento, terminan en los estómagos de peces, aves marinas y, eventualmente, en nuestra cadena alimenticia.
Durante Plastic Free July, millones de personas alrededor del mundo se comprometen a reducir el plástico de un solo uso. Pero mientras evitamos los popotes y los empaques innecesarios, plataformas como Shein continúan vendiendo más de 10,000 nuevos ítems por día, hechos casi en su totalidad de materiales sintéticos.
Lo alarmante no es solo la cantidad, sino el modelo que promueve: prendas ultra baratas, que duran poco y se desechan rápido. Se estima que una prenda de fast fashion se usa en promedio solo 7 veces antes de ser desechada. Esto crea un ciclo vicioso de sobreconsumo y desperdicio, donde lo que no termina en tu closet, acaba en vertederos (o en el mar).
Y el impacto no ha sido solo ambiental, la producción masiva de ropa sintética contribuye a la explotación laboral y a emisiones de carbono que rivalizan con las de industrias como el transporte. Según un informe de la ONU, la industria textil es responsable del 10% de las emisiones globales de carbono, más que todos los vuelos y envíos marítimos combinados. Entonces, ¿puede Julio sin Plástico incluir un boicot al fast fashion? La respuesta está en nuestras decisiones.
A pesar del panorama, hay esperanza. Gobiernos, diseñadores y consumidores están empezando a coser un futuro más sostenible:
Este Julio sin Plástico, el desafío es claro: no basta con cambiar los popotes o las bolsas. La moda también necesita un detox. Aquí van algunas ideas para vestir con consciencia:
El fast fashion nos ha convencido de que necesitamos un guardarropa nuevo cada temporada, pero el costo real lo paga el planeta. Este Julio sin Plástico, el reto es mirar más allá de los plásticos obvios y cuestionar lo que vestimos. Cada prenda que eliges es un voto: por un armario más limpio, un océano más sano y un mundo menos desechable.
Si empezamos a vestir de forma más consciente, la respuesta a si podemos liberarnos de la adicción al fast fashion es un rotundo sí. Ya no se trata sólo de evitar el plástico en la cocina, sino de sacarlo del armario, una prenda a la vez. El estilo verdadero no está en seguir tendencias fugaces, sino en tejer un futuro donde la moda y el planeta coexistan en armonía. ¿Listo para votar con tu clóset?
Geraldine Cárdenas M
@geraldcm18