¿Qué pasa cuando quienes marcan tendencia, opinan sobre moda y recomiendan productos no respiran, no sienten y no existen fuera de una pantalla? Esa es la pregunta que está incomodando —y fascinando— a toda la industria del marketing. En un momento en el que las audiencias piden transparencia, vulnerabilidad y humanidad, los influencers virtuales están creciendo más rápido que cualquier creador real. La contradicción es evidente y, justamente por eso, imposible de ignorar.
Los influencers virtuales no son solo animaciones: son avatares diseñados digitalmente mediante IA, modelado 3D y estrategias creativas, con historias, estética, identidad visual y agenda propia. No tienen edad, no envejecen, no caen en crisis públicas, y están “listos para campaña” siempre, una propuesta atractiva para marcas que buscan control, consistencia y eficiencia.
Y el mercado lo confirma: según un informe de Grand View Research, el valor global del mercado de influencers virtuales estaba estimado en USD 6.06 mil millones en 2024 y se proyecta que alcance USD 45.88 mil millones para 2030, con un crecimiento anual de 40.8%. Esto ya no es una simple tendencia menor, sino una fuerza con peso económico real: cada vez más marcas de moda, retail y tecnología adoptan estos avatares como embajadores o colaboradores.
Lil Miquela, probablemente el avatar más famoso del planeta, encabeza el movimiento con sus más de 2.5 millones de seguidores y campañas con marcas como Prada y Calvin Klein. Su éxito se replica en Latinoamérica con Lu do Magalu, la embajadora digital de Magazine Luiza, que supera los 8 millones de seguidores y se ha convertido en uno de los casos de estudio más sólidos sobre cómo un avatar puede impulsar ventas reales a gran escala.
Europa también tiene su estrella: Aitana López, creada por la agencia española The Clueless, quien aparece en portadas de revistas y campañas de estilo de vida. En el plano de la moda de lujo, Shudu, considerada la primera supermodelo digital sudafricana, ha colaborado con Balmain y trabajado en campañas para marcas globales. Y en Asia, la influencer japonesa Imma continúa creciendo como figura pop digital gracias a colaboraciones con IKEA, Puma y Samsung. Estas figuras demuestran que lo virtual no solo es atractivo visualmente; también es rentable, estable y capaz de generar comunidades comprometidas en un mundo híbrido.
Contrario a lo que se podría pensar, lo virtual no necesariamente crea distancia; en muchos casos, genera fascinación. Un reporte publicado por Expansión en 2025 señala que alrededor del 52% de los encuestados afirma seguir al menos a un influencer virtual, una señal de que la adopción ya no es un fenómeno marginal. Además, varios análisis de mercado coinciden en que algunos creadores digitales pueden alcanzar tasas de engagement competitivas frente a influencers humanos, especialmente en categorías como moda, belleza y lifestyle, donde la estética y la coherencia narrativa son clave.
¿Por qué logran conectar? En parte, porque ofrecen historias pulidas, aspiracionales y diseñadas para resonar emocionalmente. En un entorno saturado, estos personajes ofrecen un escape visual y narrativo que muchos usuarios encuentran atractivo. La paradoja emerge: en una era que valora la vulnerabilidad, ¿por qué prosperan entidades sin emociones reales? Tal vez porque la autenticidad ya no depende únicamente de lo biológico, sino de la capacidad de construir relatos que generen conexión.
Aunque el fenómeno surgió en EE.UU. y Asia, Latinoamérica lo ha adoptado con pasión, impulsando crecimiento en audiencias para moda, gaming y tecnología. Brasil destaca con Lu do Magalu, no solo como influencer, sino como motor de ventas masivas para Magazine Luiza, redefiniendo el retail digital. En México y Colombia, marcas crean embajadores híbridos que fusionan IA con elementos culturales, como campañas que integran tradiciones locales con avatares 3D. Latam no consume pasivamente: innova, convirtiendo narrativas digitales en fenómenos comunitarios que resuenan en una región ávida de storytelling pop.
El crecimiento acelerado también trae dudas éticas. ¿Compiten de forma justa con creadores humanos que sí enfrentan desgaste, crisis y presión real? ¿Cómo aseguramos transparencia cuando un avatar puede parecer completamente humano? ¿Qué implicaciones tiene promover estándares de belleza creados desde cero? Y más preocupante aún: ¿qué pasa cuando estos personajes participan en campañas políticas o temas sensibles?
Investigaciones académicas han incrementado en los últimos años, señalando preocupaciones sobre manipulación algorítmica, erosión de la confianza y la necesidad de normativas claras. En 2025, varios países avanzaron en la regulación: Francia exige etiquetas para distinguir contenido sintético, Reino Unido impulsa lineamientos para publicidad IA y la FTC en EE.UU. actualizó guías para asegurar divulgación veraz. Meta también comenzó a etiquetar contenido generado digitalmente para mitigar la confusión. El futuro del sector dependerá de mantener un equilibrio entre innovación y responsabilidad.
El ascenso de estos avatares nos invita a replantear qué significa realmente influir. A pesar de no sentir ni existir fuera del mundo digital, logran generar vínculos y moldear decisiones de compra. Su crecimiento demuestra que la autenticidad ha dejado de ser exclusivamente humana: hoy también puede ser el resultado de una narrativa bien construida, coherente y emocionalmente efectiva.
Lejos de reemplazar a los creadores reales, los influencers virtuales podrían abrir un camino híbrido donde humanos y avatares colaboran, combinando la imperfección que nos hace identificables con la estética y consistencia que demandan las marcas. El reto será navegar este nuevo escenario con ética y transparencia para que lo irreal no distorsione, sino enriquezca la manera en que nos conectamos en un ecosistema digital cada vez más complejo.
Quizá lo sorprendente no es que sigamos a un avatar, sino que estemos listos para aceptar que, en el mundo contemporáneo, lo virtual también puede sentirse auténtico.
Geraldine Cárdenas M.
@geraldcm18