
En la era digital, donde los consejos sobre salud, finanzas y educación fluyen libremente en las redes sociales, surge una pregunta crítica: ¿cómo distinguimos a un verdadero experto de alguien que solo cuenta con un gran número de seguidores? Este dilema se ha intensificado con el auge de los influencers, quienes a menudo disparan recomendaciones como autoridades irrefutables, pero sin respaldo verificable. La desinformación se propaga rápidamente, llevando a decisiones equivocadas que impactan la salud pública, las economías personales y la confianza social. Con el mercado global de influencer marketing proyectado para alcanzar los 32.5 mil millones de dólares en 2025 según Statista, y más de 50 millones de creadores activos, la mayoría entre 25 y 34 años, con un 84% mujeres, la influencia se ha democratizado, pero a menudo a expensas de la veracidad. Estudios citados por CNN revelan que la mayoría de influencers no verifica la información compartida, contribuyendo a caídas en tasas de vacunación reportadas por el CDC, a la expansión de teorías conspirativas y a consejos financieros dudosos que generan pérdidas reales.
China, pionera en regulaciones digitales estrictas, ha respondido con una normativa decisiva implementada en octubre de 2025 por la Administración del Ciberespacio de China (CAC). Esta exige que los influencers que aborden temas sensibles como medicina, derecho, finanzas o educación presenten credenciales verificadas, incluyendo títulos universitarios, certificados profesionales o licencias oficiales. El objetivo es filtrar contenidos inexactos y asegurar que las recomendaciones se basen en conocimientos sólidos, protegiendo a los usuarios de información potencialmente dañina en un ecosistema donde la viralidad puede amplificar errores a escala masiva.
Plataformas como Douyin (la versión china de TikTok), Bilibili y Weibo son responsables de validar estas credenciales, con un plazo de dos meses para que los creadores cumplan. Además, el contenido debe citar fuentes confiables y especificar si incorpora elementos generados por inteligencia artificial o dramatizaciones para promover la transparencia. El incumplimiento conlleva multas de hasta 100.000 yuanes (aproximadamente 14.000 dólares) para el creador y la plataforma, junto con la eliminación inmediata del material. La CAC también prohíbe la publicidad de productos o servicios médicos disfrazados de consejos educativos, eliminando cuentas que imiten a profesionales o utilicen formatos informativos para impulsar ventas. Esta medida se enmarca en la campaña “claro y brillante”, que combate la desinformación en un mercado de influencers valorado en más de 250 mil millones de dólares. Aunque ha generado debates sobre la libertad de expresión, con críticos argumentando que podría restringir voces independientes, establece un estándar claro: la autoridad en redes debe derivar del expertise real, no solo de algoritmos que premian el engagement superficial.
Este problema no se limita a un solo país; es una epidemia global impulsada por influencers que monetizan contenidos sensacionalistas mediante patrocinios y visualizaciones. Investigaciones de la Universidad de Washington destacan cómo esta dinámica recompensa la difusión de información falsa, agravada por el fenómeno psicológico de la “ilusión de verdad”: cuanto más se repite una afirmación errónea, más creíble parece para la audiencia. Esto ha profundizado divisiones en áreas como la salud pública, la política y la economía, donde algoritmos diseñados para maximizar el tiempo en pantalla priorizan el drama sobre la precisión factual. En un panorama donde el 62% de los jóvenes obtienen noticias primarias de influencers, según un informe del Reuters Institute, la urgencia de intervenciones regulatorias es evidente.
El enfoque de China resuena con el de Google en su manejo del contenido YMYL (Your Money or Your Life), que evalúa sitios web sobre temas sensibles bajo criterios de experiencia, autoridad y fiabilidad (EEAT). Al aplicar esta lógica directamente a las redes sociales, China no solo eleva la calidad del feed, sino que transforma la influencia en una herramienta educativa responsable, priorizando el bienestar colectivo sobre el lucro individual.
Europa está respondiendo con marcos regulatorios que enfatizan la accountability; la Unión Europea avanza en las discusiones sobre el Digital Fairness Act de 2025, que propone estándares más estrictos, incluyendo divulgaciones obligatorias en todas las publicaciones pagadas y posibles requisitos de registro para influencers de alto impacto. España ha tomado la delantera con el Real Decreto 444/2024, conocido como la “Ley de Influencers”, que clasifica como “usuarios de especial relevancia” a aquellos con ingresos superiores a 300.000 euros anuales, al menos un millón de seguidores en una plataforma (o dos millones en total) y un mínimo de 24 publicaciones al año. Estos individuos deben inscribirse en un registro oficial, identificar claramente la publicidad, prohibir la promoción de alcohol, tabaco o medicamentos, e implementar verificaciones de edad para proteger a menores de contenidos inapropiados.
En octubre de 2025, entró en vigor el Código de Conducta de Publicidad a Través de Influencers 2025, impulsado por la Asociación Española de Anunciantes (AEA), Autocontrol e IAB Spain, enfocado en fomentar la transparencia, aunque su adopción sigue siendo mayoritariamente voluntaria. Países como Francia y Alemania complementan esto con multas que pueden alcanzar el 10% de los ingresos anuales por incumplimientos, alineados con directivas europeas de e-commerce y medios audiovisuales.
En Estados Unidos, la Federal Trade Commission (FTC) mantiene un enfoque en divulgaciones claras para endorsements pagados, pero sin exigir credenciales como en China, su modelo es más reactivo, con un aumento en multas por publicidad engañosa durante 2025, equilibrando la innovación creativa con la protección al consumidor, aunque deja lagunas en la verificación de expertise para temas sensibles.
En esta coyuntura regulatoria, surge la reflexión central: ¿estamos despidiendo a los influencers o elevando sus estándares para un futuro más sostenible? La globalización de las redes ha democratizado el acceso a audiencias masivas, pero también ha amplificado riesgos como la erosión de la confianza pública y la perpetuación de desigualdades informativas, donde el engagement superficial prima sobre la ética y la precisión.
No obstante, esta evolución invita a un equilibrio prometedor: plataformas como Netflix o Google ilustran cómo colaborar con expertos auténticos enriquece el contenido sin comprometer la integridad. En las redes, promover narrativas basadas en conocimiento real puede contrarrestar la superficialidad, convirtiendo la influencia en un puente hacia la educación genuina. Análogamente, el Día de Muertos nos recuerda que las tradiciones evolucionan sin perder su esencia; de igual manera, los influencers pueden adaptarse, fusionando carisma con credibilidad para un impacto positivo.
En noviembre de 2025, con regulaciones intensificándose globalmente, el futuro de la influencia digital se dibuja como uno de responsabilidad compartida. Más allá de likes efímeros y ventas rápidas, se trata de forjar un ecosistema donde la información empodere en lugar de engañar, asegurando que el legado de las redes sea de conexión informada y resiliente. Volviendo a la pregunta inicial sobre cómo distinguir expertos reales en un mar de voces digitales: medidas como las de China, Europa y EE.UU. ofrecen una respuesta clara, priorizando credenciales y transparencia para que las recomendaciones sean confiables, cerrando el ciclo de desinformación con decisiones basadas en hechos, no en followers.
Geraldine Cárdenas M.
@geraldcm18