
Hay algo que seguramente has dicho sin pensarlo demasiado: que algo es muy coquette, que alguien está en su era de main character o que una situación tiene demasiado lore. Y aunque estas expresiones no nacieron necesariamente en TikTok, muchas encontraron allí el escenario perfecto para pasar de comunidades específicas a conversaciones cotidianas.
Eso apunta a algo más profundo que la viralidad, la plataforma dejó de ser solo el sitio donde descubrimos qué ropa usar, qué canción escuchar o qué producto comprar, y se volvió también el lugar donde aprendemos a nombrar lo que nos gusta, lo que aspiramos a ser y hasta lo que nos pasa. Si una tendencia necesita palabras para existir, quien las populariza influye en la forma en que la entendemos.
Antes, describir una tendencia exigía varias frases; ahora alcanza con un término que condense un estilo, una personalidad o una experiencia. Coquette, quiet luxury u office siren evocan referencias visuales, prendas y actitudes completas, y quien los usa da por hecho que la otra persona conoce el código. Delulu, derivada de delusional, y lore, que viene de los universos narrativos y los videojuegos y que en redes sirve para hablar de los antecedentes de una historia personal, funcionan igual: toman una idea compleja y la convierten en una etiqueta fácil de reconocer, repetir y adaptar.
TikTok favorece ese proceso porque sus videos cortos, audios y comentarios hacen que una expresión aparezca en contextos distintos hasta que adquiere significados nuevos. El informe What’s Next 2025 de la propia plataforma lo recoge al señalar que sus comunidades desarrollan lenguajes, estéticas y estilos propios, de modo que las tendencias no sólo circulan entre usuarios, sino que generan códigos compartidos.
Ese vocabulario común cumple una función práctica: conecta contenidos que de otro modo parecerían aislados. Alguien publica su rutina de cuidado personal, otra persona una transformación de estilo y una tercera su espacio de trabajo; si las tres usan el mismo concepto, sus videos pasan a formar parte de una misma conversación, y la lógica de la plataforma ayuda a que esa conversación se amplíe.
A medida que más gente la adopta, la expresión se estira. Puede nacer ligada a una estética concreta y terminar describiendo comportamientos, relaciones o situaciones que ya poco tienen que ver con su origen. La comunidad no solo consume la tendencia, también decide qué significa y aunque su alcance depende de factores como la participación de creadores o la circulación en otras plataformas, la dinámica de TikTok facilita que ciertos códigos se reconozcan y se repliquen con rapidez.
Usar una expresión viral puede parecer un gesto pequeño, pero también comunica pertenencia, sentido del humor y afinidad cultural.
Esa capacidad de estirarse explica por qué el lenguaje también construye identidad. Decir que se está en la era de main character puede no tener relación con la moda y sí con una etapa en la que alguien quiere priorizarse; hablar de girl math es recurrir a un código humorístico para justificar una compra; pedir el lore de una situación es usar una referencia común para solicitar contexto. En los tres casos la expresión describe algo y, al mismo tiempo, comunica pertenencia, humor y afinidad cultural.
Por eso algunas palabras sobreviven a la tendencia visual que las popularizó: la ropa puede pasar de moda, pero el concepto ya encontró otros usos. Es por eso que las comunidades digitales pesan tanto en la cultura contemporánea, ya que muchas tendencias nacen en nichos que construyen su propio vocabulario mucho antes de llegar a audiencias más amplias.
Para las marcas, la lectura útil de todo esto va más allá de los audios virales y los formatos de moda. Consiste en observar qué palabras usan las comunidades, qué significados construyen alrededor de ciertos productos y qué conversaciones surgen sin que nadie las provoque. Una marca de moda puede descubrir que su audiencia habla menos de prendas y más de las identidades con las que quiere asociarse; una de belleza puede encontrar que sus productos se vinculan con rituales, aspiraciones o formas de expresión personal.
Detectar un código no obliga a usarlo de inmediato, una expresión adoptada sin entender su contexto hace que la marca parezca desconectada o que intente hablar como su audiencia sin motivo, y el resultado se siente forzado, sobre todo cuando el término ya perdió vigencia o significa algo distinto en cada comunidad. De ahí que la escucha social pese tanto como la creatividad: antes de sumarse conviene saber quién usa la expresión, qué significa para esa comunidad, hacia dónde evoluciona y si guarda una relación genuina con la marca.
Tampoco hay que olvidar que TikTok no es el único origen, muchos códigos surgen en videojuegos, fandoms, foros u otras redes y viajan entre plataformas, así que el reto está en seguir ese recorrido cultural en lugar de atribuirle todo a un solo canal.
Las palabras cambian y algunas desaparecen tan rápido como llegaron, pero lo que hay detrás dura más: las personas usan el lenguaje para organizar su experiencia, expresar quiénes son y encontrar a quienes comparten sus referencias. TikTok acelera y amplifica ese proceso, y son sus comunidades las que lo mantienen vivo y lo llevan a otros espacios.
Por eso, la oportunidad para las marcas no está en memorizar vocabulario viral ni en llenar sus publicaciones de referencias de internet, sino en identificar qué conversaciones importan a su audiencia y qué revelan sobre sus intereses, valores y formas de relacionarse con el mundo. Una tendencia puede llamar la atención durante unos días; entender cómo la nombra la gente da acceso a la cultura que la hizo posible.
Geraldine Cárdenas M.
@geraldcm18